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Un
alcalde para el desánimo de la policía.
LLORENÇ
RIERA
Psicólogos y médicos comienzan a describir el cada día más frecuente síndrome
laboral de 'estar quemado´. Quien más quien menos está hasta el gorro del
jefe o del subordinado, pero la realidad impone llegar a fin de mes y también
quien más quien menos se las ingenia para mantener el equilibrio de tiras y
aflojas, silencios y protestas que permiten la supervivencia.
Pero hete aquí que hay algunos currantes y colectivos que parecen tener los
obstáculos situados a una altura superior a la media y, según todos los
indicios, la Policía Local de Inca, que tendrá sus defectos, está tocada de
esta triste gracia.
No conozco a ningún agente en persona pero, con las noticias que han
aflorado en los últimos tiempos relacionadas con el colectivo, todo hace
presumir que en Inca, antes de ponerte el uniforme azul, por lo menos tienes que
respirar hondo dos veces y todo porque tienes muchas posibilidades de que el
alcalde te cuelgue la presunción de error o te desautorice, a pesar de que
hayas actuado en su nombre, en menos que canta un gallo.
Pere Rotger reincide en
sus problemas con la Policía. Entre denuncias rotas y lo que es lo mismo,
multas anuladas o vados llevados a la peluquería, la cosa anda hecha un auténtico
galimatías. Tanto, que ahora los sindicatos ya han entrado en escena y,
apelando al principio de igualdad, piden indulto general para el día en que el
alcalde atendió la protesta por una multa sujeta a la norma establecida. Hay
mar de fondo en la trastienda de los agentes de la Policía Local de Inca. Pere
Rotger debería aclararnos de una vez sí los agentes trabajan para él, para su
rentabilidad política o para salvaguardar y servir a eso tan bonito que se
llama colectividad y bien común. De lo contrario, persistirá esta sensación
de sálvese quien pueda mientras se pasa de todo en la Inca sujeta a la ley
personal del alcalde.
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